
Me estoy muriendo. He tardado en darme
cuenta. Llevo tiempo sin vivir. Tan solo existiendo. Sin sentido. Sin
encontrar una razón por la que no saltar desde la azotea los 8 pisos,
aún sabiendo que no hay nada que te espere ahí abajo. Y mientras caes,
ves como el mundo entero ni se inmuta, todo sigue su curso, sin ti, sin
darse cuenta de que tu ya no estás, y lo peor, que no volverás. Ves como
el padre del séptimo piso acuesta a sus hijos sin mencionarles que
mañana pueden no despertar, o que tal vez se despertarán un día y
querrán no haberlo hecho. Ves como la mayor preocupación de la pequeña
niña del sexto es que vestido ponerle a su muñecas. Observas como el
hijo del quinto piso se acurruca en su cama y sueña con ser un gran
caballero, y tu vas cayendo, perdiéndote todas esas cosas, porque así lo
has decidido segundos atrás.... Y a lo largo que caes te vas dando
cuenta de todo lo que te queda por hacer. Mientras, la madre de la
cuarta planta le acaricia el pelo a su pequeña y piensas en lo sencillas
que eran las cosas entonces, cuando las heridas de la rodilla eran el
peor dolor que conocías. Tan solo 20 metros para llegar al final y
observas como la pareja del tercero ven, estirados en el sofá el
telediario, contando las miles de tragedias que suceden cada día y te da
por pensar que quizás tu llegues a eso, a ser un titular, unas palabras
en un papel que miles de extraños leerán al día siguiente, no serás más
que eso para la mayoría, pero para unos cuantos tu caída será también
la suya propia. Finalmente ves a la adolescente del segundo emocionarse
hablando por teléfono con el idiota que seguramente dos semanas después
le rompa el corazón, pero eso ahora no importa. Por último y por irónico
que parezca, en el primer piso un niño pequeño observa por la ventana
tu caída, inocente, sin darse cuenta de todo lo que pasa a su alrededor,
y todo lo que le espera. Su vida empieza. Y la tuya acaba. Quizás en
tus últimos 30 segundos de vida has visto todo aquello que te perdías,
pero ya es tarde. Tu cuerpo se estampa contra el suelo sin cuerda, sin
nada a lo que aferrarte. Caes. Un solo golpe, no hace falta más. Mortal.
Y en tu último suspiro te das cuenta de una realidad que llevabas
muchísimo tiempo perdiéndote. Porque
has saltado, aunque sabías que nadie esperaba abajo para cogerte.